Han sido muchas las oportunidades que he tenido en la vida de dar la bienvenida a amigos, a buenos amigos de otras regiones del país y del mundo, a mi tierra querida, a mi ciudad con casi 200 años de existencia. Todos, absolutamente todos, han quedado maravillados con esta Villa que se alza magnífica en las márgenes del Río que le da nombre. Todos me elogian sus calles anchas, sus calles limpias, sobre todo eso, limpias.
No le toca a nadie más que a los sagüeros de hoy mantener ese calificativo que tanto nos engrandece. ¿Es acaso que estas generaciones son de menor valía que las que nos antecedieron?
Tacita de plata ha sido, Tacita de plata es y Tacita de plata seguirá siendo la Villa. Aquel que lo dude que venga y camine por sus calles. 
"Por lo pronto, he aquí una villa pulcra y luminosa. Limpia y clara, aun bajo esta menuda lluvia dominguera, que ha velado melancólicamente el parque (el Parque).
Pero esta mañanita, reciente aún el amanecer, ¡qué nítida precisión la del caserío! ¡qué deslumbramiento tropical en la retina! ¡qué inexorable reverberación en las calles blancas!... Es acaso la sensación más neta que se guarda de nuestra tierra: la luz. Antaño yo siempre pensaba en la niñez y en Sagua a través de unas páginas –pulcras y claras también- de aquel lindo libro pueril en que Edmundo d’Amicis describe la opresora rutilancia de las calzadas argentinas. Hay algo de dolor en este claror. Dolor, o laxitud espiritual, como la que produciría el eterno bochorno de una siesta interminable. "Tacita de plata" llaman a la Villa. Así es de receptiva, brillante y pulcra".
Jorge Mañach. Sagua la Grande 1923
Para vagar un río.