miércoles, 29 de febrero de 2012

SAGUA TUVO SU CANTINFLAS.

Por: Alberto González Rivero.
José Martínez no se creía que él era Cantinflas,.no, él era Cantinflas de pies a cabeza para todos aquellos espectadores que lo veían imitando al actor mexicano por las calles de la ciudad. Eran tan parecidos que cualquiera los podía confundir.
A uno le parecía que estaba en el cine “El Encanto" (que era de madera y al aire libre) viendo una de las películas del más famoso de los dos. Cuando merodeaba por el antiguo Hotel Plaza, José, digo Cantinflas, movía la cintura de un lado a otro como lo hacía el peladito azteca. También se amarraba el pantalón por debajo de la cadera y daba los mismos saltitos y la gente lo aplaudía y lo respetaba mucho. Para ello, dejaba en el piso la vara y los cubos de agua, para ser el artista de pueblo. Hasta con las cubetas suspendidas en el aire hacía piruetas.
Cantinflas se ganaba la vida como aguador y tenía un bigote recortado al igual que su ídolo. Cuando el público le pedía la actuación habitual: “Canti, un meneíto “, interpretaba las cosas que se le ocurrieron a un hombre al que él representaba para no se perdiera la gracia y para sentirse bien consigo mismo.
El hecho de tener cierto parecido con Cantinflas no le daba alguna gratificación, salvo la espiritual que recibía del respetable que no tenía que viajar a México para conocer al original.
Llegar a ser Mario Moreno parecía su otra ilusión, si bien el personaje le quedaba justo en la escena.
Es verdad que Cantinflas hizo notable a Mario Moreno, pero José iba a quedarse con el parche en el trasero.
Quién alguna vez no escogió el personaje de Cantinflas para acercarse al actor que vestido de pobre se hizo rico.
Él hacía también sonreír y halaba la pobreza como la carretilla de El Barrendero, aunque se puso la gorrita, la bufanda y todo el vestuario que le dio fama al cómico.
Después de haberlo interpretado tantas veces ante la exclamación callejera, parafraseo ó a Beltor Bretch cuando se preguntó: ¿Dónde están los aguadores?
Aún así se le notaba la satisfacción cuando la gente “tocaba” al doble de Cantinflas.
Sí, porque el personaje de la crónica cargó cubos agua, hizo malabares para el sustento, pero, hasta donde se sabe, nunca pudo entrar a un set verdadero, visitar cabarets famosos, acostarse con una habanera, ni ser venerado en México y en otros países de América Latina.
Hasta su nombre lo obsequió por un ideal, lo escanció como una sombra, como una lluvia de cristales sobre el balde.

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